Daniel Cuberta

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Imitaciones

IMITACIONES

 

De mi amigo Ulises imité el estilo y elección de las chaquetas. De mi abuela Emilia el sentimiento religioso y una lógica de bondad y entrega; de mi primo Diego copié un buen puñado de frases que coloco certero en cuanto puedo; de Jesús Pérez Orta robé la sonrisa torcida y un mirar interrogante; de Tomás copié su estupenda manera de posar parado, la barriga hacia fuera, contra los escaparates, en las calles del centro; de Jaime la mirada escrutadora, a la par que distante; el cuello alto, la barbilla recta; de Ernesto conservo una calma con algo de tensión, el movimiento claro, perfilado y un gesto lento de negación con la cabeza; de Lourdes aprendí a decir con seguridad cosas como “ni mijita” y otros dejes del habla popular de mi tierra; de Nina retuve un movimiento del dedo anular sobre la ceja, del centro hacia fuera, pruébenlo en casa; de Juan un gesto de tortuga, sacando el cuello desde la camisa y rotando con ojos de anfibio la cabeza; de Lorena adquirí los andares balanceados y la costumbre de andar por el centro de las calles; de Pedro el ritmo limpio y la retirada clara en mis intervenciones en las cenas, apareciendo lo justo y en los momentos adecuados; de Elena aprendí a pedir más de lo que me daban; de Teresa a reflexionar en orden y a no levantar el dedo en las reuniones.

 

 

Sin embargo,

mi amigo Ulises odia mis chaquetas, se ríe de ellas cuando me ve; mi abuela Emilia nunca consiguió entenderme y probablemente fuese de las escasas abuelas que hayan verdaderamente detestado a su nieto; mi primo Diego, con todas sus frases brillantes se hizo yonqui, yonqui e hipocondriaco, extraña combinación, y nada se sabe de él; Jesús Pérez Orta me mira sin verme porque yo soy una pérdida de tiempo; Tomás se oculta entre los maniquíes cuando me ve, porque además de pérdida de tiempo soy un coñazo; Jaime, simplemente, no opina, y su mirada ni me roza; a Ernesto no le gusto; Lourdes me considera un falso, vacío y triste copión; Nina añade a esta lista el dar pena, de evidente y vacuo que le parezco; Juan me escupe; Lorena me señala entre risotadas en la calle, imitando los gestos de un mono: imítame, imítame, dice; Pedro no me quiere en sus cenas, nadie, en verdad, me quiere en sus cenas; Elena me llama a ratos gorrón, a ratos ladrón; Teresa me quiere a distancia.

 

 

A pesar de lo cual

he desarrollado un talento especial para la elección de chaquetas, me quedan de miedo, y la verdad, es que a Ulises, no; mi abuela Emilia estaba enferma de susto y religión y su bondad era eso, miedo, ella no me entendió a mí, yo a ella, sí; mi primo Diego era estupendo y sus frases tan buenas que merece la pena repetirlas, y así lo hago, con homenaje y reverencia; Jesús Pérez Orta es un hombre engreído, y a diferencia de mí, nunca prestó atención a nadie, Tomás debe estar asqueado de pararse a posar en la calle, yo lo hago con naturalidad y gracia, y a decir verdad, y a diferencia de lo que sucede con él, a las chicas les encanta; Jaime se repite, yo mantengo una gran paleta de posibilidades, miradas y entendimientos; a Ernesto no le gusta casi nadie, y a mí, contra lo que pudiera parecer, me gusta casi todo el mundo; Lourdes colecciona sus expresiones como una entomóloga, le gusta pertenecer; yo no pertenezco a nada y mis expresiones se llenan de vida con mi amor por el lenguaje y sus formas; si a Nina le doy pena es porque lo ha oído por ahí demasiadas veces, cuando la verdad es que está fascinada, y mi gesto del dedo sobre la ceja, háganlo en casa, la vuelve loca; Juan se escupe encima, con su gesto de tortuga, es algo molesto de observar; secundo a Lorena en la calle, imito otros animales, en un día bueno tengo a todos los niños entretenidos, adoran mi imitación del león, sí, el rey de la selva; las cenas de Pedro, también las de todos ellos, son una sucesión de naderías, las mías sin embargo dan felicidad y sustento; Elena sabe que doy mucho más de lo que pido, y siempre me pide más, y lo que quiere se lo doy; y Teresa se aburre tanto en su mundo de orden y normas que se le ilumina la cara cuando silbo bajo su ventana.

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