El hombre con rayos X en los ojos deja su cerveza junto a la mía y apoya los codos en la barra. Disecciona con su mirar afilado las burbujas de la cerveza y, sabio y pausado, añade: cada minuto que cierras los ojos pierdes sesenta segundos de luz. Asentimos, los dos, y seguimos con los tragos. A veces pienso que es un estafador que ve tan poco y tan mal como yo. Sin embargo cada día acudo allí, a su lado. Soy un aprendiz sin fe, sin ganas. Pero cada día acudo y cada día las escenas se repiten. El hombre con rayos X en los ojos se emborracha fácil y mira fijamente a través de las botellas pero la vista se le va y se le descubre bizqueando y con la mirada apagada. Yo le digo, parece que esto, señalando el vodka, el tequila y los vinos y las cervezas, fuera kriptonita para usted. No, es sólo que me pongo un poco triste, me dice, ¿te he contado lo de la luz? No, le digo, y me lo cuenta, lo de los sesenta segundos. El hombre con rayos X en los ojos es un viejo borracho que me mira sin acertar a encontrarme. Cada minuto que cierras los ojos. No cierres los ojos. Y se ríe agitándose como si tuviera el cuerpo metido en un lago. Y afirma, mientras al tiempo niega con el movimiento de la cabeza, no cierres los ojos, cierra los bares; he ahí un lema, ya tenemos un lema. Y salimos del bar, zombis propagando la buena nueva. Pero entonces yo sospecho otra vez. Cuanto más tarde se hace mis pensamientos se hacen más oscuros y más lejos me encuentro de ser un aprendiz aplicado. Sé que si venzo los malos pensamientos y me concentro a veces puedo ver algo, no se el qué, a través de las paredes, a través del metal de los autobuses y de la tela de las blusas de las muchachas. En el bar todas las botellas son transparentes y, una vez vacías, puedes alinearlas y mirar a través de ellas. Media docena de botellas en línea y el hombre con rayos X en los ojos me anima a esforzarme, pero yo sospecho y las formas, tras las blusas, las paredes y los autobuses se hacen difusas hasta desaparecer.