El hombre que barre la playa.

El hombre se acerca a la playa
con la escoba en la mano.
Mide y calcula distancia y tareas;
las sombras, la luz;
los montones de arena y las horas de trabajo;
entonces
empieza a barrer.

Hay un hombre barriendo la playa.

A algunos bañistas les hace gracia,
le hacen fotos que envían a sus amigos,
pero al rato lo olvidan
o les molesta,
o hacen como que no lo ven,
pero sí,
hay un hombre barriendo la playa.

Es nuestro tercer día de vacaciones
y ya el primero me iba a morir de tristeza y aburrimiento.

Vi a aquel hombre,
con su escoba, atento, concentrado en su tarea
y no pude pensar en otra cosa.
Si ahora bajo cada día
no es por ti,
no es por el sol ni es por el agua;
creo, que tontería,
que es solo para verlo barrer.

Me uno a los corros y a las conversaciones.
Los hay que imaginan una vocación,
hay algunos que piensan en un castigo.
Hay quien, medio en broma, le grita direcciones y estrategias,
hay algunos que admiran su tarea por inútil,
por eterna, o tan solo porque algo así
aquí
jamás se vio.

Hay un hombre barriendo la playa.

Es nuestro cuarto día de vacaciones,
lo miro barrer
y empiezo a ver la playa, con toda su arena,
como un registro de movimientos,
un campo donde todo, cada vez que te mueves,
queda marcado.
Una mano, un dedo, un pie, una carrera, una siesta,
todo deja una marca,
una fotografía leve, que pronto se escapará.

El hombre que barre la playa
me hace pensar en los encargados que alisan la tierra,
en las pruebas de salto de longitud.
No son importantes
nadie los mira a ellos,
la atención es para el cuerpo torsionado que cae,
para la marca,
para la cara de los competidores;
entonces, como ahora, yo ponía mi atención en el margen,
en aquellos señores
que entre cuerpo y cuerpo que caía,
reponían con paciencia el orden en la arena.

Me gusta esto,
ser parte de todo esto,
ser uno más
junto a todos los otros cuerpos torsionados
y abandonados sobre la arena,
tras los saltos,
nuestros saltos, unos más largos, otros más cortos,
que nos han traído hasta aquí.

Hay un hombre barriendo la playa.

Es nuestro quinto día de vacaciones;
nuestras miradas se han cruzado las veces suficientes
como para que una tarde de bochorno y aburrimiento
le tire de la manga y le pregunte
¿cuándo da por terminado el trabajo?
¿dónde acaba?
¿dónde acaba la playa, dónde acaba la tarea?
El hombre se detiene,
me mira,
y hace con los hombros
un gesto de ignorancia.

Yo sigo,
¿porqué? ¿porqué hace esto?
y murmurando, entre labios,
creo oírle decir

la razón es la arena, que se desordena,
la culpa es de la arena, que se desordena.

Mahoma mueve montañas
y este hombre las barre.
Las niñas del paseo marítimo
le han hecho una canción:

Esta es la triste historia
del que abrazó la fe
que las montañas movía;
si a ellas no se acercaba,
ellas corrían tras él.

Es nuestro sexto día de vacaciones
y veo como cien mil millones de huellas en una playa,
todas juntas,
se amontonan, se borran
y consiguen que no quede ninguna.
Me gustan nuestras huellas que no quedan para siempre,
que no quedan casi nada,
unos segundos y se han ido,
como burlándose de los tristes paseos de la fama
donde los dinosaurios
dejaron las suyas.

Hay un hombre barriendo la playa,

y me gustaría pedirle que barriese las huellas
que aún se dibujan entre tú y yo,
que borrase el camino
entre tú y yo.
Que alisara sin culpa
lo que de ti me queda.

Lo miraría hacer
y susurraría sin fuerza:
la razón es la arena,
que se desordena.

Todas las arenas son movedizas,
y se me escapan de las manos.
Todas las arenas son movedizas
y casi tan escurridizas como tu.

Maldita sea,
él sigue allí.
Malditas sean
él y su escoba
que siempre siempre están allí;
que sea el viento, que el viento decida,
le digo;
niega varias veces con la cabeza
y sigue barriendo.

Mira mamá, dice un niño:
hay un hombre barriendo la playa.

Es nuestro séptimo y último día de vacaciones.
El viento decide y mañana ya no estaremos.
La arena se seguirá desordenando
y el hombre seguirá barriendo tras ella.

Un nuevo bañista ha llegado hoy.
Rápido ha descubierto al hombre que barre la playa.
Sólo tiene ojos para él.
Lo veo seguirle,
y le escucho murmurando preguntas
¿qué es lo que hace que la arena se junte,
qué es lo que hace que se separe?

Las sombras se alargan
y al poco el sol y la luz se esconden.
La playa ha quedado vacía de bañistas,
los rezagados empiezan a preparar la marcha.
Entonces el hombre que barre la playa
alza la vista,
calcula y recuerda;
distancia y tareas,
montones y horas,
gestos y huellas.

Mañana no estaré
pero sé que a primera hora,
cuando el sol la visita,
la playa estará ya lista,
ordenada y preparada
para el nuevo día.