No tiene la muerte pintada en la cara
pero se toma 150 antidepresivos y otros 50 somníferos,
a pesar de lo cual
y quizá porque no tiene la muerte pintada en la cara,
no se muere,

entonces se arrastra hasta alcanzar las bufandas
y se cuelga de una viga con una de ellas
a pesar de lo cual
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara
cae con todo su peso
y no se muere,

de allí se arrastra hasta el cajón donde se guardan las pistolas,
elige de entre todas las balas
la que habrá de abrir la puerta al final de sus días
y se dispara sin pensarlo más en la sien,
a pesar de lo cual
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara,
no muere,

y se arrastra hasta el horno de gas,
lo abre, lo abre a tope y mete dentro la cabeza,
espera y espera,
a pesar de lo cual
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara
pues sencillamente no muere,

y de allí se arrastra hasta el garaje
donde coloca una manguera en el tubo del coche de sus esposa
y se sienta en el coche cerrado
a esperar
al fin, el fin,
a pesar de lo cual
y quizás por que no tiene la muerte pintada en la cara,
no muere,
no, no se muere,

así que se arrastra hasta el balcón
desde donde tan bella vista se vislumbra
y se pone en pie
y se arroja al vacío contra el duro suelo
muchos más metros abajo,
a pesar de lo cual
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara,
no se muere,

por lo que sube a casa en ascensor
y rápido y determinado va a la cocina
donde escoge el más afilado de los cuchillos
y sin dilación
se lo clava en el estómago,
invitando a sus propias tripas a desalojar su cuerpo
con un certero movimiento en forma de siete,
un desgarro completo,
un trabajo de carnicero fino
por el que sin embargo,
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara,
no se muere,

por lo que se arroja hacia la calle,
pregunta tienda por tienda
hasta comprar un paquete de mata ratas
y allí mismo lo ingiere entero, una por una,
cada una de esas bolitas azules,
a las que añade arsénico,
arsénico que también,
en el mismo establecimiento,
adquiere,
a pesar de lo cual,
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara,
no se muere,

así que se arrastra hasta las afueras de la ciudad
en busca de la vía del tren,
una vez hallada esta,
coloca la cabeza sobre el frío metal y espera pacientemente
hasta escuchar el sonido de los indios
acercándose,
pasa el tren, pasa el tren con sus quince vagones
sobre su cabeza apoyada en el frío metal
a pesar de lo cual,
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara,
no se muere,

por lo que vuelve a casa a tomar una ducha
y aprovecha para abrirse las venas,
paralelamente a las susodichas,
como recomiendan los que de esto saben
y no con el torpe y usual corte perpendicular,
y, por si acaso,
añade un radiocasete, un radiador y un secador de pelo
que, todos encendidos y funcionando a tope,
arroja al agua donde se baña,
a pesar de lo cual
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara,
no se muere,

por lo que busca por el suelo del colegio próximo
una jeringuilla libre con la que se inyecta
20 centilitros de aire en alguna de las venas aun disponibles,
aire que se abre paso con ímpetu
entre la sangre cansada hasta el corazón,
donde atraviesa en solitario la meta,
a pesar de lo cual
y quizá por no tener la muerte pintada en la cara
no se muere.

No, no se muere.
A pesar de todo no, no se muere.