Daniel Cuberta

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Nómina de muertos

Nómina de muertos.

Álbum de fotos.

 

Murió Emilia de vieja, sus últimos meses vestida en un chandal amarillo que decía Lakers, LA. Su nieto sintió una gran culpa que sólo curó tras vestir durante años, en su aniversario, una camiseta del mismo club, y recordarse a sí mismo, con tozudez, que como en un partido de baloncesto a una falta personal le sigue otra.

 

Murió Antonio muy joven, de una mala operación en una rodilla. Su novia, muy joven también, sufrió tres crisis nerviosas. Era guapísima y lo siguió siendo después, cuando el dolor pasó. Quizá más guapa aún.

 

Murió García sembrado de penas que, una vez enterrado, no levantaron un palmo del suelo.

 

Murió Esperanza de antigua, de muy muy vieja, hay una foto en la que sus arrugas parecen hondas como ríos. Y es que rió casi siempre. Cuando su hermana Emilia murió, también de vieja, lloró desconsolada, sin embargo. Pero como la memoria ya le fallaba se olvidó. Notaba una ausencia, pero no sabía cual.

 

Murió Inmaculada, que era tendera, y que escribía con letra redondilla lo que los paisanos le dejaban a deber. Pasaba a veces tanto tiempo hasta que podían pagar que el papel estraza amarilleaba y se hacía ilegible, y entonces Inmaculada lo deshacía en agua y lo daba a comer a las gallinas.

 

Murió Eugenia, muy chiquita, de una mala tarde en que el tiempo cambió y un mal viento la azotó a la salida del agua, en la playa grande. Decían los viejos, con voz suave: si no te mata el agua te matará el viento. No entendían porqué Eugenia y no ellos. Luego al poco, también fueron ellos.

 

Murió mi tío Francisco, vestido de batín, con dos periódicos extranjeros sobre sus rodillas, haciendo simultáneos dos crucigramas, uno en francés y otro en Inglés. La palabra que dejó a la mitad tenía nueve letras, de las cuales sólo escribió las cuatro primeras.

 

Murió Adela, de muerte por ella misma provocada, en un cuartito al fondo del patio. No podía aguantar más a su madre, ni tampoco librarse de ella. Pero Adela era, sin embargo, todo alegría. Cuando le vino la tristeza vino toda junta y no pudo con ella.

Murió Rosario, la vecina de arriba, que tenía una nieta de mi edad, y era campeona juvenil de golf. Las bolas rodaban por el pasillo y yo miraba hacia arriba siguiendo los sonidos. Me invitaban a subir y las dos, Rosario y su nieta, se ruborizaban.

 

Murió la Enana, que llevaba un bar de ambiente taurino que ya no existe y que fumaba y reía mientras movía con la mano el hielo amontonado en la máquina. Una vez mantuvo la mano bien metida en el hielo durante todo el tiempo que me duraron siete cervezas. Estuve atento, no la sacó.

 

Murió Carmen, la mujer que hacía las mejores galletas que nunca hayamos probado. Ella olía a lana y las galletas a canela. O al revés.

 

Murió Luis, ahogado, lo sacaron tieso, como si agarrara un volante, lo dejaron sobre el cesped de la orilla y lo taparon con una tela naranja. Había policías y curiosos, si mirabas desde lejos podía parecer que iban a inaugurar una estatua.

 

Murió Juan Carlos, marido de la Enana, en la plaza, al sol, en el cuarto toro de la tarde. Con polvo de alvero, música de pasodoble, calor, almohadillas y pañuelos. No lo mató un toro, sino el mucho trabajo y las malas digestiones. Apoyó la barbilla en el pecho, que parecía dormido, y se murió.

 

Murió Ángeles el mismo día que su abuela Rosario pero veinte años después. En el instituto donde daba clases de inglés muy pocos sabían de su afición al golf.

 

Murió Lucía sola en una cama, recogida en sí misma como un pajarito. Las sábanas estaban sucias, la limpiadora de la residencia dudó si tirarlas al cesto de la lavadora o al de la basura. Pensó que, como en un partido de baloncesto, a una falta personal le sucede otra, y las dejó en el cesto de su izquierda.

 

Murió Juan de muerte irrelevante y rodeado de los alambres de espino de las miradas de mujeres semidesconocidas que eran su familia: Y era todo cierto, familia, desconocimiento y espinas, y esa certeza, que le animó, fue la última.

 

Murió Cecilia en un país extranjero donde no entendían su nombre, al final de un corto día ventoso y otoñal en medio del largo verano. Sólo ese día cayeron hojas de los árboles. A la mañana siguiente no quedaba ninguna por los suelos, sólo árboles frondosos y prados verdes.

 

Murió Rafael y a el entierro fue Laura y lloró porque Rafael fue siempre muy bueno con ella y le llevó tostadas y café a la cama. Y ahora era él el que estaba tumbado para no levantarse más. Trató de recordar el sabor de aquellos cafés, pero no pudo separalos de todos los otros cafés que bebió en su vida..

 

Murió Julia como morían las mujeres antiguas, con estampas y una radio encendida bajo la almohada, lo último que escuchó era el parte del tiempo para el día siguiente, ella pensó, que seguro y como siempre, se equivocaban. Así fue.

 

Murió Esteban bien vestido y elegante, repeinado y suelto a la calle por su mujer. Levantaba el bastón para saludar y si nada lo impedía repetía sus paseos, siempre con los rodeos que le evitaban la casa donde su hija, en un cuartito al fondo del patio, murió años antes de muerte por ella mismo provocada. Nadie tuvo la culpa de nada. De la suya tampoco, fue natural y en plena calle.

 

Murió Cesar en una bañera, rodeado de agua caliente y espuma de jabón. El grifo goteaba. Contó las gotas, y en algún momento, entre la cien y la ciento veinticinco lo dejó. ¿quién puede ser tan imbécil para contar gotas hasta cien? dijo casi en voz alta. Muchas gotas llenan una bañera.

 

Murió María de que se le paró el corazón. Tras un latido ya no hubo más. Muchos años antes había comprado al carnicero un corazón de vaca sin ninguna intención de cocinarlo. El hombre le preguntó ¿Se lo hago filetes? Esa noche tiró la pieza, entera, a la basura y esperó levantada y se asomó a ver al camión alejarse con el corazón de vaca que había comprado por la mañana, sin saber porqué, pero sin ninguna intención de cocinarlo.

 

Murió Agustín, pobre de solemnidad. Dice el diccionario que son pobres a los que se les nota mucho, que está clarísiimo que lo son. Nunca tuvo nada y si algo le sobró fue para pan seco para las palomas. Las palomas viven una media de tres años. Con el pan que le sobró alimentó a 10 generaciones de palomas durante cuarenta años, que viven mucho menos, y mueren mucho más.

 

 

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1 Comentario

  1. Guille 15/06/2011

    Me unire a esa lista un día de estos.

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