Sin embargo, a pesar de lo cual
De mi amigo Ulises imité el estilo y elección de las chaquetas; de mi abuela Emilia el sentimiento religioso y una lógica de bondad y entrega; de mi primo Diego copié un buen puñado de frases que coloco certero en cuanto puedo; de Jesús Pérez Orta robé la sonrisa torcida y un mirar interrogante; de Tomás copié su estupenda manera de posar parado, la barriga hacia fuera, contra los escaparates, en las calles del centro; de Jaime la mirada escrutadora, a la par que distante; el cuello alto, la barbilla recta; de Ernesto conservo una calma con algo de tensión, el movimiento claro, perfilado y un gesto lento de negación con la cabeza; de Lourdes aprendí a decir con seguridad cosas como "ni mijita" y otros dejes del hablar popular de mi tierra; de Nina retuve un movimiento del dedo anular sobre la ceja, de dentro hacia fuera, pruébenlo en casa; de Juan un gesto de tortuga, sacando el cuello desde la camisa y rotando con ojos de anfibio la cabeza; de Lorena adquirí los andares balanceados y la costumbre de andar por el centro de las calles; de Pedro el ritmo limpio y la retirada clara en mis intervenciones en las cenas, apareciendo lo justo y en los momentos adecuados; de Elena aprendí a pedir más de lo que me daban; de Teresa a reflexionar en orden y a no levantar el dedo en las reuniones.
Sin embargo,
mi amigo Ulises odia mis chaquetas, se ríe de ellas cuando me ve; mi abuela Emilia nunca consiguió entenderme y quizá fuese de las pocas abuelas que hayan verdaderamente detestado a su nieto; mi primo Diego, con todas sus frases brillantes, se hizo yonqui, yonqui e hipocondriaco, extraña combinación, y nada se sabe de él; Jesús Pérez Orta me mira sin verme porque yo soy una pérdida de tiempo; Tomás se oculta entre los maniquíes cuando me ve, porque además de pérdida de tiempo, soy un coñazo; Jaime, simplemente, no opina, y su mirada ni me roza; a Ernesto no le gusto; Lourdes me considera un falso, vacío y triste copión; Nina añade a esta lista el dar pena, de evidente y vacuo que le parezco; Juan me escupe; Lorena me señala entre risotadas en la calle, imitando los gestos de un mono: imítame, imítame, dice; Pedro no me quiere en sus cenas, nadie, en verdad, me quiere en sus cenas; Elena me llama a ratos gorrón, a ratos ladrón; Teresa me odia a distancia.
A pesar de lo cual
he desarrollado un talento especial para la elección de chaquetas, me quedan de miedo, y la verdad, es que a Ulises, no; mi abuela Emilia estaba enferma de susto y religión y su bondad era eso, miedo, ella no me entendió a mí, yo a ella, sí; mi primo Diego era estupendo y sus frases tan buenas que merece la pena repetirlas, y así lo hago, con homenaje y reverencia; Jesús Pérez Orta es un hombre engreído, y a diferencia de mí, nunca prestó atención a nadie; Tomás está harto y asqueado de pararse a posar en la calle, y a decir verdad, yo lo hago con naturalidad y gracia, y hasta risas y aplausos levanto; Jaime se repite, yo parezco siempre salir con algo nuevo; a Ernesto no le gusta casi nadie, y a mí, por contra, me gusta casi todo el mundo; Lourdes colecciona sus expresiones como una entomóloga, y las utiliza como una muy pragmática estrategia para pertenecer; yo no pertenezco a nada y mis expresiones se llenan de vida con mi amor por el lenguaje y sus formas; si a Nina le doy pena es porque lo ha oído por ahí demasiadas veces, cuando la verdad es que mi gesto del dedo sobre la ceja, háganlo en casa la tiene encantada; Juan se escupe encima, con su gesto de tortuga, es algo molesto de ver; secundo a Lorena en la calle, imito a otros animales, en un buen día tengo a todos los niños entretenidos, adoran mi imitación del león, sí, el rey de la selva; las cenas de Pedro, también las de todos ellos, son una sucesión de naderías, las mías sin embargo dan felicidad y sustento; Elena sabe que doy mucho más de lo que pido, y siempre me pide más, y lo que quiere se lo doy; y Teresa se aburre tanto en su mundo de orden y normas que se le ilumina la cara cuando silbo bajo su ventana.
Todos los vasos
Todos los vasos están ya llenos,
todos están ya muy cerca
del fin de la mesa, a punto de caer;
todos están llenos
y no podemos ya distinguir
si de agua o de veneno.
Todos están comunicados,
qué más da que sean veneno o agua.
Todos matan. Todos quitan la sed.
¿Hasta dónde llegan las balas?
¿Hasta dónde llegan las balas?
Avanzamos en el cajón del camión, en silencio.
El frenazo
nos hace tocar con los brazos las espaldas de quienes nos rodean.
Podríamos caer como un montón de bolos,
pero no, aquí seguimos
de pie.
Abren la trampilla,
hay hombres armados.
Un hombre con sombrero nos mira desde el centro de la carretera.
Señala a uno de nosotros,
justo a mi derecha.
Le dice:
Salta, ven aquí. Salta y camina.
Hacia allá, cuenta cien pasos.
Todos, en silencio, contamos con él.
Noventa y ocho; noventa y nueve; y cien.
Se gira.
También el hombre del sombrero se gira,
¿hasta dónde llegan las balas?
pregunta.
Vuelve la vista hacia el hombre que espera en la distancia.
Bang bang.
Hasta allí llegan las balas.
Entonces, tú;
anda hacia allá y cuenta ciento cincuenta pasos.
¿Hasta allí llegarán las balas?
Contamos, claro que contamos, con él.
Veinticinco, cincuenta, setenta y cinco, cien,
ciento veinticinco, ciento cincuenta pasos.
Bang bang,
sí, en efecto, hasta allí llegan las balas.
Así que tú, tú mismo, ¿sabes contar?
Quedamos menos. Un muchacho asiente a mi lado y baja.
Muy bien, ven.
Camina hacia allá.
Cuenta doscientos pasos hacia el horizonte
y quédate quieto.
Bang bang,
hasta allí llegan las balas,
también hasta allí llegan las balas.
Venga, venga usted, el del fondo.
Veamos, camine hacia allá y cuente sus pasos.
Al llegar hasta doscientos cincuenta
gírese, por favor, y espere.
Bang bang, ahí van.
¿Hasta allí llegan las balas?
sí, hasta allí llegan las balas,
también hasta allí llegan las balas.
Y entonces me señala a mí.
Bajo del camión,
camino los trescientos pasos que me pide que camine.
Rodeo los cuerpos abandonados de mis compañeros,
a los cien, a los ciento cincuenta, a los doscientos,
y a los doscientos cincuenta pasos.
Pienso en salir corriendo,
pero es probable que hasta aquí lleguen sus balas.
Doscientos noventa y nueve, y me giro.
Veo en la distancia al tipo apuntando.
Bang bang,
veo, veo la bala que vuela hacia mí,
la veo dirigirse directa a mi frente.
Qué gran puntería tiene el hombre del sombrero.
La bala parece ralentizarse,
inicia un vuelo descendente,
como si estuviese cansada de tanto camino,
y cae a mis pies;
rendida e inerte sobre mis pies.
Todos me miran, yo los miro.
Justo hasta aquí,
justo hasta mí, aquí, llegan las balas.
Creo ver un gesto contrariado en la mirada del hombre,
carga de nuevo la pistola,
avanza unos pasos
-¿cuántos pasos, tres, cuatro?: cuatro, creo contar-,
y apunta de nuevo,
qué gran tirador, hacia mi frente.
Bang bang.
Retrocedo esos mismos cuatro pasos y miro la bala volar hacia mí,
miro la bala ralentizarse
y miro la bala exhausta caer a mis pies.
Veo al hombre del sombrero adelantarse de nuevo unos pasos,
procuro contarlos, retrocedo los mismos pasos,
veo caer la nueva bala, de nuevo,
a mis pies.
El hombre avanza, yo retrocedo.
Corre avanzando, corro retrocediendo.
Dibujos animados.
El camino es largo, el día joven,
sus cargadores son muchos y repletos,
él avanza, yo retrocedo.
Me digo hasta aquí,
sí, justo hasta aquí, llegan las balas.
1977
En 1977,
el año del punk;
el año de la reinstauración de la pena de muerte en los Estados Unidos;
el de las primeras elecciones democráticas en España tras 42 años;
el año en que, víctima de un ataque cardiaco,
Elvis muere en su casa en Memphis, USA;
el año en que el Real Betis Balompié conquista contra el Bilbao
su primera copa del Rey;
el año de los primeros vuelos comerciales del Concorde,
3 horas cuarenta de Nueva York a París;
el año en que entra en vigor la Ley de amnistía en España;
el año del estreno de La Guerra de las Galaxias, la película, la primera;
el año en que mueren Charlot, Nabokov y Machín;
el año en que en Tenerife chocan dos aviones matando a 583 personas
en el peor accidente
de la historia de la aviación;
el año 1977
cuarto año de mi existencia,
mi madre
comete
suicidio,
se mata,
atenta contra su propia vida,
se anula a sí misma,
se da su propio fin,
se da muerte con su propia mano,
se extingue intencionadamente,
se aplica la pena de muerte,
se mata voluntariamente,
se autodá pasaporte,
acaba consigo misma,
se da a sí misma por acabada,
se deja ir,
se auto inmola,
se hace el haraquiri,
se quita de en medio,
pone
fin
a su vida
(he ahí un mal final, un muy mal final,
pero eso sí: del que ella misma fue la guionista,
un final de película de autor,
un final sin besos ni perdices ni una vida por delante,
un final drástico y auto infligido,
un final de autor, puto realismo desesperanzado:
sin besos, sin perdices y sin un segundo más
de vida por delante).
1977;
cuarto año de mi existencia,
el año de mi madre,
en el que el punk comete suicidio;
y el Real Betis Balompié atenta contra su propia vida;
y mi madre gana la primera copa del rey, contra el Bilbao;
el año en que el Concorde y Charlot se auto inmolan;
y mi madre no se declara la ley de amnistía;
el año en que La Guerra de las Galaxias se pone seria y atenta
de una vez por todas
contra sí misma;
el año en que mi madre reinstaura la pena capital,
la pena de muerte,
la pena máxima;
el año en que Elvis, en Memphis, USA, se practica el haraquiri;
y mi madre tras 42 años sin elecciones decide libremente
que ya estuvo bien,
que bai bai;
que esto fue todo.
(Un final sin gracia ninguna, un muy mal final,
por ella misma decidido, un final de un puto autor desesperanzado:
sin besos, perdices
y ni un segundo más por delante.)
Nadería #2
Como si nada,
nada, nada de nada,
tú haz como si nada.
Se termina aquí
nuestra historia de amor,
que más o menos fue nuestra,
y que más o menos fue de amor;
y seguimos ahora, ya,
con nuestra vida,
y mira, tú y yo,
en estos años, qué poco nos hemos separado,
pues va y se termina,
se rompe, estalla, se evapora,
aquí, ahora mismo, ya, de un segundo a otro.
Pero, mira, escucha,
seguimos con nuestro vida
y hacemos
como si nada.
Como si nada,
nada, nada de nada,
y seguimos, como si nada.
Esta historia, que más o menos fue nuestra,
y más o menos fue de amor,
aquí se termina,
como si nada.
Has estado un tiempo haciendo como si algo,
pero desde ahora y hasta nueva orden,
tú haz como si nada,
has estado haciendo como si algo,
haz ahora como si nada.
Otra historia
Es un libro voluminoso,
antiguo, bien encuadernado,
lo abre,
usando una cuchilla dibuja el hueco,
marcando y recortando las páginas, sin temor.
Imagino que primero colocó la pistola,
dejando también, cuidadoso,
un hueco abajo, a la derecha, para las balas.
Con la cuchilla marcó la forma del arma en la página,
y siguió cavando, excavando,
la forma misma de la pistola.
Fue abriendo hueco hasta que el arma
encontró acomodo perfecto,
como una cartuchera,
entre las páginas del libro.
Colocó las balas en el hueco abierto para ellas
y comprobó que el libro cerraba perfectamente,
solo era un libro más,
pero con una pistola dentro.
Quemó los restos de tanta excavación,
los papeles sobrantes,
con todas sus pequeñas letras,
y eso que pensó que tal vez allí,
entre aquellas sobras,
quizá hubiera también una historia,
vale, se dijo, pero esa
será otra historia,
y no esta.
Y colocó de nuevo el volumen
de vuelta
en su lugar en la estantería,
es solo un libro más,
pero con una pistola dentro,
sí, mira,
es solo un libro más.
El tiro de gracia
Y sorprendida, y a ratos aliviada y a ratos agotada, se pregunta
¿y por qué los tiros de gracia no me alcanzan a mí?
¿por qué no hay tiros de gracia para mí?
Cada una de estas escenas está basada,
en una manera u otra, en una historia real.
Al alba llegaron con sus motos y sus camiones,
los sacaron a todos y los reunieron en la plaza.
Habían descubierto una gran hondonada a la salida del pueblo
y hasta allí los hicieron marchar.
Los obligaron a desnudarse.
Ella se abrazó a su madre y a sus hermanos
y cuando escuchó los disparos cayó.
Horas después intentó moverse.
Los cuerpos muertos de su familia la aprisionaban.
Notó como alguien tiraba de su pie y la sacaba.
Era un chaval de su edad.
Todos los demás, todos a los que ella conocía,
no muchos, no más de doscientas personas,
toda su familia y todo su pueblo, estaban allí,
muertos, fusilados.
El chaval la ayudó a ponerse en pie.
No se les ocurrió otra cosa que gritar
preguntando si había alguien más con vida.
No nos han dado el tiro de gracia,
sabes qué es el tiro de gracia, preguntó él.
no, contestó ella girando la cabeza,
mientras se adentraban y ocultaban en el bosque
que allí mismo empezaba.
Años después, sigue la guerra,
quizá la misma o quizá sea otra,
ni él ni ella pueden estar muy seguros,
pero no hay duda de que la van perdiendo,
no hay duda de que son otra vez ellos los derrotados.
No tienen municiones, ni comida, ni agua,
llueve, están helados, agotados y hambrientos.
Todas aquellas tierras parecen siempre la misma,
quizá lleven horas dando vueltas en redondo.
Son parte del ejército perdedor, deshilachado,
abandonado en grupos perdidos por las montañas.
Los encuentran, los hacen esperar amontonados bajo la lluvia
mientras saquean una granja.
Escuchan las peticiones de auxilio desde la casa,
y los gritos de miedo y horror de una mujer,
al rato los soldados salen de allí con gallinas en los brazos,
apurando botellas de vino y celebrando con gritos y carcajadas.
No hubo apunten, listos, y fuego,
pocas formalidades,
los pusieron en pie y sin más los dispararon.
Los soldados siguieron allí mismo,
bebiendo mientras asaban las gallinas,
comiendo y bebiendo hasta reventar.
En algún momento ella se atrevió a abrir los ojos.
Desde su posición podía ver el fuego reflejándose en las ramas altas.
No podía estar segura,
pero notaba el pulso y el tacto caliente de una mano bajo la suya.
Él se quedó haciéndose el muerto,
la cara llena de la sangre de sus compañeros.
No podía estar seguro,
pero sentía el pulso y el tacto caliente de una mano sobre la suya.
Amaneció, hacía rato que no escuchaba nada,
levantó la cabeza
y vio que ella le miraba.
Se miraron largo rato,
pestañearon.
Vieron que los soldados dormían profundamente.
Se levantaron en silencio,
se deslizaron entre los muertos,
se dieron un momento para comprobar
que efectivamente estaban muertos,
y quizá para comprobar a la vez
que ellos mismos estaban vivos.
Se cogieron de la mano y se perdieron
sin hacer un sonido
entre las primeras luces del día.
El tiro de gracia, no nos lo han dado, dijo él,
no, nos lo han dado, dijo ella.
Casi en silencio se dijeron,
no nos han matado, y no nos han rematado,
rematar es volver a matar,
y mira, estamos vivos, ¿estamos vivos?
sí, estamos vivos.
Años después,
es otra guerra o quizá es la misma guerra,
ni él ni ella pueden estar muy seguros,
pero por lo que parece no hay duda de que van perdiendo,
lo que es seguro es que otra vez
son ellos los derrotados.
Los llevan de madrugada
en la trasera repleta de un camión, por la ciudad desolada.
Clandestinos, supervivientes, opositores,
tratan de reconocerse
bajo las luces de las farolas, amarillas e intermitentes.
El camión se detiene en un vertedero.
Los hacen bajar y caminar sobre la basura.
Cuando se les hace evidente que van a matarlos
salen corriendo en todas direcciones,
los tiros suenan, retumban,
y alumbran y desalumbran los cuerpos que van cayendo.
Cuando todo ha acabado
el que parece estar al mando ordena que giren el camión
para que ilumine la escena,
y se pasea pateando los cuerpos desmadejados sobre la basura.
Suben de vuelta al camión
y desde allí, ya arrancados y en movimiento,
ordena que disparen al bulto de los muertos,
quizá por que no ha tenido suficiente
o quizá solo por hacer bien las cosas,
ni él ni ella podrían decir porqué,
ni el ni ella pueden decir o tratar de entender nada de nada.
Cuando el camión se ha perdido ya en la noche,
se palpan los cuerpos,
el suyo propio
y el del otro,
y se levantan de entre los muertos,
y rodeados de sangre y basura
se preguntan en silencio
¿y por qué los tiros de gracia no me alcanzan a mí?
¿por qué no hay un tiro de gracia para mí?
mientras avanzan a trompicones,
como si arrastraran consigo
todos los cuerpos que allí atrás han quedado
hacia las calles oscuras donde la ciudad empieza.
Años después, quizá sea en la misma guerra o quizá sea en otra,
ni él ni ella pueden estar muy seguros,
pero no hay duda de que la van perdiendo,
es otra vez seguro
que son ellos los derrotados.
Están ahora en un cuartel militar rodeados por soldados
mucho más jóvenes que ellos.
Aunque es fácil ver que están temblando
se esfuerzan en aparentar odio y desprecio en sus caras de niño.
Guerrilleros, sublevados, insumisos, rebeldes,
traidores a la patria.
Los han separado, mujeres a un lado, hombres a otro,
han pasado la noche en aquellos dos cuartos de baño,
rodeados de solería blanca,
llamándose y contestándose a través de los finos tabiques.
Debe ser una tradición marcial, los fusilamientos al amanecer,
y ya está, ya amanece, y los ponen en pie,
y comienzan las balas y los gritos,
y los cuerpos que caen,
tanto él como ella,
cada uno en su correspondiente cuarto de baño,
pudieron observar durante un mínimo instante
como las balas rojas se clavaban en el alicatado blanco,
y ambos se preguntaron,
¿rojas?
y ambos se respondieron,
si, claro, rojas.
Las balas atraviesan nuestros cuerpos
antes de encontrar su sitio en los azulejos.
Seguirían corriendo hasta agotarse, si pudieran,
quizá, tal vez las balas lo que hacen es buscar desesperadas su sitio,
hasta que al fin lo encuentran,
piensan ambos,
cada uno en su cuarto de horror y muerte,
mientras caen desmoronados entre los estruendos
y los cuerpos y los azulejos rotos.
Abre los ojos, todo es rojo, los cierra,
suenan vehículos que se alejan,
y, a lo lejos, la hélice de un avión.
Escucha unos golpes al otro lado del tabique,
en el cuarto de horror de las mujeres,
tac, tac, tac, tac.
Aparta los brazos muertos de sus compañeros y levanta el suyo
tac, tac, tac, tac,
así es como suenan sus nudillos en los azulejos.
Tac, tac, tac, tac,
escucha de nuevo, es ella,
y tac, tac, tac, tac,
responde,
soy yo.
El tiro de gracia. No ha habido.
Si esto es estar vivos, estamos vivos.
Parecen decirse en cansado morse
de un lado a otro del tabique acribillado.
Y qué decir, que años después, ya es el futuro,
y es quizá otra guerra o tal vez es exactamente la misma,
ni él ni ella pueden estar muy seguros,
pero no hay duda de que van perdiendo,
y que otra vez son ellos los derrotados.
Les han rapado la cabeza,
los llevan a tumbos, exhibiéndolos por las calles del pueblo.
Son veinte los presos que desfilan.
Lloran, protestan, piden perdón, se lamentan.
Todos excepto dos ancianos, un hombre y una mujer,
que cogidos de la mano
caminan lentamente en silencio.
Es el futuro, pero se parece mucho al pasado y al presente,
y ahora los soldados se paran en una plaza
y ordenan que les traigan vino,
y mandan a los presos a su casa
pero los citan entre risas al amanecer siguiente,
junto al cementerio.
Y ella y él
se quedan en casa,
temblando y compartiendo el calor y el miedo,
y el horror y el hastío y la nausea,
bajo las mantas en la cama.
Desde allí pudieron escuchar los tiros.
Faltan los nuestros, pensaron.
Nuestros tiros faltan,
son esos huecos de silencio que ahora mismo escuchamos.
El grupo de soldados se presentó no mucho más tarde.
Traemos algo para vosotros, les dijeron,
mostrando las balas que ahora metían en los fusiles.
Es el futuro, pero se parece mucho al pasado y al presente,
quisiera decir que las armas son ahora armas del futuro,
rayos fugaces, luces blancas,
las pistolas láser de La Guerra de las Galaxias,
pero no, son balas, balas y fusiles,
siguen siendo metal y fuego y muerte.
Los sacan a la puerta de casa
y les arrancan las mantas que aún les cubren,
y así, allí mismo los fusilan.
Se los llevan en una carretilla
hasta una fosa común abierta
donde los vuelcan
y los juntan y amontonan con los otros cadáveres.
Un niño los ha seguido hasta allí,
en cuanto se marchan los soldados
se tumba contra el tronco de un árbol, junto a la fosa.
Espera y espera y pasa el día y llega la noche,
y ¿qué espera que pase?
nada pasa cuando juntas un montón de muertos.
Pero algo ha debido de oír ese niño del futuro,
por que no se mueve de allí, y se duerme,
y con las primeras luces algo le despierta,
y observa como un dedo asoma sobre el límite de la fosa,
y luego es una mano, y luego otra,
y luego otra y otra.
Cruzan sus miradas con la del niño
que es el único que parece sorprendido.
El tiro de gracia, dice uno, no nos lo han,
ya, le interrumpe el otro con la mano ensangrentada.
Beben agua de la cantimplora que el niño les alarga,
se alejan, seguidos por el muchacho,
de la que iba a ser su tumba
y se pierden por los caminos con su lento caminar de ancianos.
Estoy cansado, sabes, muy cansado, dice uno,
ya, yo también, dice el otro.
Estamos vivos, dice,
mira, vivos, estamos vivos, dice uno,
venga, no te pares, sigue, continúa,
dice el otro.
El cristo de los post-it
El cristo de los post it.
Vi una película hace un tiempo
se veía un cristo en blanco y negro
el pelo le caía sobre el pecho
parecía agotado de sufrir
y ahora creedme
empezaron a aparecer pequeños papelitos
post it de color amarillo fosforescente
sobre su cuerpo
que fueron poco a poco cubriéndolo
por completo.
Soy devoto seguidor del
humilde, sufriente,
hermoso cristo de los post its.
Creedme
le nacen de su cuerpo
como las escamas al pescado
caen y alfombran fosforescente
de flores amarillas el suelo.
He visto a fieles desconsolados
arrojarse tras esos pequeños papeles
que vuelan ondulantes al desprenderse
del cuerpo enjuto
de nuestro señor de los post its
buscando señales mensajes
dirección
o consejo.
Nada nada hay escrito en ellos
quizá solo preguntas sean
o simplemente nada
post its vacíos que caen al suelo.
Vaya milagro tonto nos dicen todos
y nos quedamos otra vez solos
me dejo entonces de nuevo flotar
sobre el oleaje de este hermoso y creciente mar amarillo
donde nada de nada está nunca escrito.
Cómo no ser devoto del cristo de los post its.
Le nacen de su cuerpo
como las escamas al pescado
y caen y alfombran amarillo el suelo
como flores fosforescentes.
Directo a la posteridad
En pasta, en cash, en talegos, en money:
¿Cuánto cuesta en total pasar a la posteridad?
¿Cuánto hay que soltar,
al pasar por caja en el camino directo a la transcendencia?
¿Cuánto para hacer que
mis poemas, mis canciones, mis cuentos y mis películas,
brillen sonrientes en la posteridad?
¿Cuánto para que ocupen
un elegante y discreto, pero bien visible, nicho del futuro?
Los anuncios, las entrevistas programadas,
la publicidad a doble página,
los envíos, almuerzos y whiskies a críticos y comisarios,
lo que sea necesario;
ponerte, en fin, en las manos correctas,
sí, ¿cuánto?
¿Por cuánto le salió al Dante,
a Miles Davis, a Héctor Lavoe,
a Idea Vilariño, a Robert Frank?
¿Hay packs, ofertas, tramos, soluciones integrales?
¿Cuánto a Cernuda, a Murnau,
a Lou Reed,
a Cayo Valerio Catulo?
Mis poemas, mis canciones, mis películas,
¿cuánto cuesta la trascendencia,
poner mis pies
para siempre
en la puta posteridad?
¿O, tal vez, mejor, por otro lado,
tan solo quedarme quieto
y guardar ya por siempre
silencio,
por siempre, silencio, ya?
El ciclo del agua
Cuando tenía siete años una rata
me mordió en el talón de Aquiles,
pateaba horrorizado el aire
mientras el animal
se desplazaba de un lado a otro
enganchado a mí,
mordiendo desesperado,
sin soltar sus dientes
de mi pequeño y elástico cartílago.
Fiebre, miedo y meningitis,
algo enfermo debió de contagiarme,
porque lo siguiente fue que estuve en coma
durante dos meses.
En verdad fue más parecido a un punto y coma,
así es que estuve en punto y coma
durante los dos meses siguientes,
y una vez de vuelta
no reconocía a mi padre, ni a mi madre,
ni a los vecinos, ni mi casa, ni los juguetes,
tampoco a la profesora
o a mis compañeros de clase.
No reconocía nada,
pero hice como que los creía,
como que me lo creía todo,
todo aquello, hice como que me lo creía,
entre otras cosas
porque no tenía ningún otro sitio adonde ir.
Años más tarde,
mucho tiempo después,
me invitaron a tomar asiento
en una larga serie de acolchados sofás,
dentro de una igualmente larga serie de habitaciones
con temperatura contralada y estable,
me explicaron, de manera paciente y detallada,
que mi familia, y yo mismo,
éramos entidades severamente desestructuradas,
pura desestructura, un puto desastre,
mi familia y yo mismo ferozmente punto y coma,
me dijeron que era un mecanismo de defensa
y que me lo había inventado todo,
quise preguntar si lo de la rata y el coma también,
pero no dije nada,
para qué,
si en verdad sabía que mentían,
pero hice como que me lo creía todo,
todo aquello, hice como que me lo creía,
entre otras cosas
porque no tenía nada mejor que creer,
y ningún otro sitio adonde ir.
Mira por la ventana, date un paseo,
adora y besa todas esas estructuras.
Los árboles, dios mío, qué hermosas estructuras,
mírala en sus hojas, pasa por ellas tus dedos.
Mira las nubes, la lluvia, los charcos,
el calor, la evaporación, las nubes de nuevo.
El ciclo del agua.
Abrazaría su estructura
como si fuera mía,
la miraría a los ojos, la abrazaría,
y contra toda evidencia
la reclamaría como mía.
La mía era una familia desestructurada,
una familia de estructura variable,
una estructura voluble,
casi acuática,
agua dentro de agua dentro de agua,
quizá por eso mis tobillos estaban a la vista esa tarde,
estábamos en un prado
y había llovido y había charcos,
y debía ser invierno porque la yerba
era alta y tenía gotas redondas como lupas verdes,
recuerdo el roce de la yerba mojada en mis tobillos.
Hacía mucho que los pantalones
se me habían quedado chicos,
y qué decir, tampoco llevaba calcetines,
entre unos cuantos acorralamos a la rata,
y quizá por que mis tobillos estaban a la vista,
y los de los otros no,
el animal
me eligió a mí,
y casi pareció lógico, casi pareció una rima,
mi talón de Aquiles y sus dientes,
y algo debió de ir muy mal porque lo siguiente
fue un punto y coma de dos meses,
y una vez de vuelta
no reconocía a mi padre, ni a mi madre,
ni a los vecinos, ni mi casa, ni los juguetes,
tampoco a la profesora
o a mis compañeros de clase,
nada,
tampoco los sofás acolchados
ni las habitaciones con temperatura perfecta.
Pero hice como que los creía,
como que me lo creía todo,
hice como que me lo creía todo,
todo aquello, hice como que me lo creía,
entre otras cosas
porque no tenía nada mejor que creer,
y ningún otro sitio adonde ir.